“Por qué el Pritzker es el Nobel de la arquitectura — y por qué debería importarte”

Cada año, en algún rincón del mundo arquitectónicamente significativo, un sobre se abre y un nombre resuena en toda la profesión.

El Premio Pritzker de Arquitectura lleva 47 ediciones haciéndolo. Y cada vez que lo hace, el mundo de la arquitectura —y buena parte del mundo a secas— voltea a mirar.

Esta semana en DICAM dedicamos siete días a contarte su historia completa: quién lo creó, cómo funciona, y los siete ganadores que más han marcado la conversación global sobre qué significa construir bien.

Empecemos desde el principio.


La familia que lo inventó todo

El Premio Pritzker nació en Chicago, en 1978, de una idea tan sencilla como poderosa. Jay A. Pritzker y su esposa Cindy eran propietarios de la cadena de hoteles Hyatt y llevaban años conviviendo con la arquitectura de primera mano — literalmente. Como nativos de Chicago, vivían en la ciudad que inventó el rascacielos, rodeados de edificios diseñados por las mentes más influyentes del siglo XX.

En 1967, adquirieron un edificio inacabado que se convertiría en el Hyatt Regency Atlanta. Su atrio elevado fue un éxito rotundo y se convirtió en el sello distintivo de sus hoteles. Eso los hizo conscientes, más que nadie, de la diferencia que un buen diseño puede hacer.

La idea fue directa: crear un premio que honrara a los arquitectos vivos con la misma solemnidad con que el Nobel honra a los científicos y escritores. Un galardón que estimulara la conciencia pública sobre los edificios e inspirara mayor creatividad dentro de la profesión.

En 1979, el primer Premio Pritzker fue entregado. Desde entonces, no ha parado.


Cómo se elige al ganador — y por qué es tan difícil

El proceso es más riguroso de lo que parece desde afuera.

Un jurado de entre cinco y nueve expertos — arquitectos, críticos, académicos, figuras del mundo cultural y empresarial — delibera durante meses antes de emitir un veredicto. Los miembros rotan cada cierto tiempo para mantener perspectivas frescas y adaptarse a las tendencias cambiantes de la disciplina.

Cualquier arquitecto con licencia puede ser nominado por cualquier persona al Director Ejecutivo del premio. No hay cuotas por país, género o estilo. El único criterio oficial es que el ganador haya demostrado, a través de su talento y visión, una contribución significativa al enriquecimiento del entorno humano a través de la arquitectura.

El lugar de la ceremonia se elige antes que el ganador — en algún inmueble de relevancia arquitectónica — para que no haya ninguna conexión intencional entre el espacio y la persona premiada. Ha habido ceremonias en la Ópera de Versalles, en el Museo Guggenheim de Bilbao, en el Palacio de Iturbide en Ciudad de México y en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York.

El premio consiste en 100,000 dólares y una medalla de bronce — acuñada desde 1987 — con las palabras que Vitrubio usó para definir la buena arquitectura: firmitas, utilitas, venustas. Solidez, utilidad, belleza.


Lo que el Pritzker nos dice sobre la arquitectura de su tiempo

Cada ganador del Pritzker es, en cierta medida, un diagnóstico de época. El jurado no solo premia una trayectoria: elige una manera de entender la arquitectura que considera relevante para el momento en que vivimos.

Cuando el Pritzker fue para Zaha Hadid en 2004, el mundo estaba fascinado por las posibilidades formales de la tecnología digital. Cuando fue para Alejandro Aravena en 2016, el debate global giraba en torno a la desigualdad y la vivienda social. Cuando fue para Smiljan Radić en 2026, el mensaje fue claro: en un mundo obsesionado con la velocidad y la eficiencia, la arquitectura que habla de tiempo, memoria y fragilidad tiene algo que decirle al mundo.

En México, el Premio Pritzker tiene una historia particular. Luis Barragán lo recibió en 1980 — el segundo en la historia del galardón — y sigue siendo el único mexicano en haberlo ganado. Una historia que contaremos en detalle el miércoles.


Esta semana en DICAM: siete días, siete historias

Mañana comenzamos con el primer ganador de la historia: Philip Johnson, el hombre que vivía en una casa de vidrio y cambió la arquitectura americana para siempre.

El miércoles: Luis Barragán, el único mexicano con Pritzker, que estudió ingeniería y nunca recibió formalmente su título de arquitecto.

El jueves: Zaha Hadid, la primera mujer en 26 años de historia del premio — y la única hasta hoy en ganarlo en solitario.

El viernes: Alejandro Aravena y la “media casa” que redefinió lo que la arquitectura puede hacer por los más vulnerables.

El sábado: Smiljan Radić, el ganador de 2026, que diseña edificios que parecen inacabados y llevan siglos ahí.

El domingo: la pregunta que la comunidad DICAM responde — ¿quién debería ser el próximo Pritzker mexicano?

Nos vemos mañana.

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