“Smiljan Radić (2026): el Pritzker de este año construye edificios que parecen llevar siglos ahí — y esconden una ingeniería perfecta”

El 12 de marzo de 2026, el jurado del Premio Pritzker anunció al ganador de la 47ª edición del galardón.

El nombre no era el que muchos apostadores del circuito arquitectónico esperaban. No era el de un despacho con oficinas en múltiples ciudades. No era el de alguien que hubiera construido rascacielos o museos mediáticos en las capitales del mundo.

Era el de un arquitecto de 60 años que trabaja desde Santiago de Chile con un equipo pequeño, que no diseña edificios espectaculares en el sentido convencional, y cuya obra — según el propio jurado — “parece temporal, inestable o deliberadamente inacabada”.

Smiljan Radić Clarke es el Pritzker 2026. Y con él, América Latina tiene ahora cinco ganadores en la historia del premio más importante de la arquitectura.


Una obra que huele a tiempo

Radić estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Lleva décadas trabajando desde Santiago, alejado de los circuitos de celebridad que suelen rodear a los ganadores del Pritzker.

Lo que define su obra no es la forma — aunque sus formas sean extraordinarias. Es la textura temporal. Sus edificios dan la impresión de haber estado siempre ahí, de haber crecido orgánicamente del terreno, de tener una historia que no empezó con el proyecto.

Para lograrlo, mezcla materiales que parecen incompatibles: granito y fibra de vidrio, madera bruta y acero, piedra sin desbastar y superficies translúcidas. La contradicción es deliberada. Esconde una ingeniería y una construcción precisas detrás de una apariencia de fragilidad.

El jurado lo describió como “optimista y discretamente alegre”. Alejandro Aravena, presidente del jurado, fue más directo: “En cada obra es capaz de responder con una originalidad radical, haciendo obvio lo que no es obvio.”


Las obras que cuentan la historia

La CR House en Santiago (2003) es probablemente la obra que más circula en publicaciones especializadas. Una construcción que parece surgida de la ladera como si fuera una roca más, con una presencia casi geológica.

La Vik Millahue Winery (2013) en la región vitivinícola chilena lleva los principios de Radić al paisaje del valle. Una bodega que no interrumpe el terreno sino que lo continúa.

La Prism House en Conguillío (2020) y la Chanchera House en Puerto Octay (2022) son dos variaciones del mismo tema: habitar el territorio chileno desde el más profundo respeto por su carácter.

Y en 2014, Radić diseñó el Pabellón Serpentine en Londres — una estructura semitransparente de fibra de vidrio sobre una base de roca que no era completamente abierta ni completamente cerrada. Libre, permeable, efímera. Un anticipo de lo que el despacho LANZA atelier haría en el mismo escenario en 2026.


El quinto latinoamericano — y lo que eso significa

Radić es el quinto arquitecto latinoamericano en ganar el Pritzker, después de Luis Barragán (México, 1980), Oscar Niemeyer (Brasil, 1988), Paulo Mendes da Rocha (Brasil, 2006) y Alejandro Aravena (Chile, 2016).

Cinco premios en 47 ediciones. Una presencia que ya no puede atribuirse a la casualidad.

Lo que une a estos cinco arquitectos — más allá de sus diferencias estilísticas radicales — es que todos construyeron desde una identidad territorial profunda. Barragán desde la paleta cromática y los patios del México colonial. Niemeyer desde las curvas del paisaje carioca. Aravena desde la urgencia social del Chile post-dictadura. Radić desde la geología y el silencio del sur chileno.

No imitaron a Europa. No siguieron modas globales. Construyeron desde adentro.


Un mensaje para 2026

En un año en que la conversación sobre arquitectura gira en torno a la inteligencia artificial, la velocidad de producción y la optimización de procesos, el Pritzker eligió premiar exactamente lo opuesto: la lentitud, la memoria, la fragilidad calculada, la experiencia del tiempo en el espacio.

No es una coincidencia. Es un mensaje.

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