
Durante veintiséis años, el Premio Pritzker fue, sin excepción, un premio de hombres.
No porque las mujeres no estuvieran haciendo arquitectura extraordinaria. Sino porque la arquitectura — como la mayor parte de las profesiones de alto reconocimiento — llevaba décadas sin ver a las mujeres con los mismos ojos.
En 2004, eso cambió. Y cambió de manera espectacular.
Zaha Hadid — nacida en Bagdad, formada en Londres, incomprendida durante años, temida y admirada a partes iguales — recibió el Premio Pritzker a los 53 años. Y lo hizo sola. Sin socios, sin despacho compartido, sin el respaldo de un nombre masculino junto al suyo.
Hasta hoy, sigue siendo la única mujer en haberlo ganado en solitario.
De Bagdad a la Architectural Association
Zaha Mohammad Hadid nació el 31 de octubre de 1950 en Bagdad, en una familia acomodada. Su padre era político e industrial; su madre, pintora aficionada. Creció en una ciudad que entonces era moderna, laica y culturalmente vibrante — muy distinta de lo que sería décadas después.
Estudió matemáticas en la Universidad Americana de Beirut y luego se mudó a Londres para cursar arquitectura en la Architectural Association, donde fue alumna de Rem Koolhaas — con quien también trabajó en OMA. De esa formación surgió una arquitectura que no reconocía los ángulos rectos, que curvaba el espacio como si fuera líquido, que desafiaba la gravedad con una confianza desconcertante.
Fundó Zaha Hadid Architects en 1980. Durante más de una década, sus proyectos ganaban concursos y luego no se construían. Era demasiado radical. Demasiado cara. Demasiado difícil.
“La reina de la curva” que tardaron en construir
Durante los años 80 y buena parte de los 90, Hadid fue más conocida por sus dibujos y pinturas arquitectónicas que por sus edificios construidos. Sus representaciones — ángulos imposibles, perspectivas fragmentadas, formas que parecían explosiones congeladas — se exhibieron en el MoMA en 1988 y circularon por el mundo como objetos de arte en sí mismos.
La crítica la admiraba. Los clientes la respetaban. Los constructores la temían.
El primer gran proyecto construido llegó en 1993: el Pabellón de Bomberos Vitra en Weil am Rhein, Alemania. Un edificio pequeño pero absolutamente radical — muros inclinados, planos que se intersectan, formas que parecen estar en movimiento permanente. Era la prueba de que sus dibujos podían convertirse en concreto real.
A partir de ahí, los encargos llegaron uno tras otro. El Centro de Arte Contemporáneo Rosenthal en Cincinnati (2003). El MAXXI en Roma (2009). El Centro Acuático de los Juegos Olímpicos de Londres (2012). El Centro Cultural Heydar Aliyev en Bakú (2012), quizás su obra más monumental.
Cada uno era inconfundiblemente suyo. Formas orgánicas que fluían. Espacios interiores que te desorientaban en el mejor sentido. Una arquitectura que obligaba al cuerpo a moverse de manera diferente.
El Pritzker que tardó demasiado
Cuando el jurado anunció su nombre en 2004, el mundo de la arquitectura aplaudió — pero también se preguntó por qué había tardado tanto. Hadid llevaba décadas siendo reconocida como una de las mentes más brillantes de la profesión.
La respuesta incómoda es la que todos conocen: ser mujer en un campo dominado por hombres tiene un costo. No solo en reconocimiento: también en encargos, en credibilidad, en la disposición de los clientes a apostar por ti.
Hadid nunca lo negó. Pero tampoco lo convirtió en el centro de su discurso. Prefería hablar de arquitectura.
El legado que sigue vivo
Zaha Hadid murió el 31 de marzo de 2016, a los 65 años, de un ataque al corazón en Miami mientras se recuperaba de una bronquitis. Tenía proyectos en construcción en cuatro continentes.
Su despacho, Zaha Hadid Architects, continúa operando bajo la dirección de Patrik Schumacher con más de 400 personas en plantilla. El legado formal y filosófico que dejó — la llamada arquitectura paramétrica, que usa algoritmos para generar formas complejas — sigue siendo una de las corrientes más influyentes del diseño contemporáneo.
Pero quizás su legado más importante no sea estético sino social: después de Hadid, el Pritzker fue entregado a Kazuyo Sejima (2010), Carme Pigem (2017) y Anne Lacaton (2021). Todas mujeres. Ninguna hubiera sido posible, al menos no tan pronto, sin que Zaha abriera esa puerta.
“La reina de la curva”, la llamaban. Inspirada por las dunas y los ríos de su Bagdad natal. Construyó un mundo donde la arquitectura no tenía por qué parecerse a nada que hubiera existido antes.
Mañana: Alejandro Aravena — el Pritzker que fue para la gente que más lo necesita.
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